CHARLA CON EL PASADO

Llevaba horas echado en el sillón. Hacia frio así que de vez en cuando salía detrás de su manta y ponía otro pedazo de madera en el hogar a leña. Encima de el, un té con hierbas que se mantenía bien caliente. De a ratos Gabriel le daba algún que otro sorbo desganado, porque ese té sólo connotaba lo ahora prohibido: el alcohol. Y acto seguido, venían los recuerdos de aquellas mágicas noches de charlas, habitaciones llenas de sudor y tabaco, manuscritos, recortes de diarios, sueños revolucionarios y fotos por doquier de una patria lejana. Sobre la mesita al lado de sillón, unos cuantos libros amontonados que se trajo de la casa de remate y un portarretrato antiguo que había sacado de entre las cajas de saldo. Era una foto en blanco y negro, de una pareja. Quizás le llamó la atención que ambos estaban fumando en la foto, el hombre de frente a cámara, orgulloso de su acto; la mujer llevaba un cigarrillo en su mano, casi imperceptible con sus guantes blancos, disimulado como si fuese uno de sus dedos.

Esa tarde se había propuesto terminar de leer el manuscrito que un colega le había pasado hacía ya una semana. Pero poco esmero le ponía, era una simple excusa para estar tirado ahí, en silencio. Su mujer había salido esa noche, una cena de trabajo o al teatro, no recuerda bien. No es que no le haya prestado atención pero, cuando se lo dijo, estaba con esa opresión en el pecho, que le taponaba un poco los oídos, le acortaba el habla y lo dejaba medio inmóvil o de reacción muy lenta. Los doctores decían que eran signos de su condición cardíaca pero él sabía que se trataba de otra cosa. Por eso fue un poco que decidió echarse al sillón, no hacer esfuerzo y dejar que los sintomas fluyan, como fiebre.

Fue un leve crujir del suelo lo que lo despertó. Ya estaba frente a él, observándolo sigilosamente. Gabriel no la esperaba hoy, no era domingo. Desde que se conocieron sus encuentros siempre se daban los domingos, no se frecuentaban todas las semanas pero siempre era domingo. Se miraron en silencio cómplice por un rato, dos minutos, o dos horas (siempre le fue difícil calcular el tiempo cuando está con ella), hasta que comenzó a moverse, un sutil vaivén, como si fuese la brisa que la mecía y lo acercaba hacia él. Y ahí fue que su mirada cambió, comenzó a mirarlo fijo, con determinación, desafiándolo, reclamando atención. Por sus ojos le hablaba de un nosotros ahuecado y lo culpaba por eso. Él se había propuesto muchas veces terminar con ella, pero era una relación tóxica, muy difícil de cerrar, imposible de olvidar, que arrastraba por años. Había tratado más de una vez de contarle todo a su mujer, pero temía que ella no lo entendiera. Pero si después de todo, él había llegado a ese punto gracias y por su mujer. Ella era todo para él pero, nunca pensó que en la felicidad hubiera tanta tristeza. Estaba en una encrucijada. Ella le pidió de sentarse junto a él, un instante, para charlar, luego se iría ¿Cuándo fue que ella se apoderó de las llaves de su casa? ¿Cómo es posible que entre tan sigilosa? ¿Qué sea tan oportuna? Él cedió a su pedido, y en tan sólo un minuto ella lo endulzó como quiso, como sabía hacerlo. Lo desnudó de pies a cabeza, le extrajo el alma, lo llenó de recuerdos, le recorrió las heridas, le hizo sentir sus olores, le regalo sonrisas. Él la escuchó, embobado ante ese canto de sirenas, recordaron sueños cumplidos y paisajes recorridos; se dejó robar una lágrima. Y cuando no se pudo contener más el deseo, la  agarró entre sus brazos, la beso fuerte y se deshizo en pedazos frente a ella.

Gabriel murió de nostalgia en su sillón y nadie lo sospechará porque no era domingo.

relato nostalgia

Nostalgia

 

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