RELATOS DE UN DIÁLOGO CON MÍMICA PECULIAR

¿Quiénes no han jugado al diálogo con mímica alguna vez? No se necesita ser tan niños para eso. Al contrario, una reunión de amigos, unos mates, o por qué no, unas copas de vino pueden hacer las cosas ampliamente interesantes. Un clásico del diálogo con mímica es jugar con nombres de películas: “Titanic”, “Caballos Salvajes”, “Los caballeros de la mesa redonda”, “Querida encogí a los niños”. Clásicos del cine de ayer y hoy. A mí me gustaba mucho jugarlo, pese a que siempre fui malísima al momento de la pantomima, pero tenía relativa capacidad para la imaginación e una considerable memoria de archivo que iba acrecentándose en cada ronda de juego. Mi estrategia era la siguiente: si quien interpretaba para mi equipo era casi o tan malo como yo en la actuación, estaba segura que los movimientos no eran los adecuados, había descoordinación y vaguedad así que mejor cerrar los ojos y apelar a mi imaginación, y si no lográbamos acierto alguno de palabras que nos lleve a la victoria, me dedicaba los últimos treinta segundos del juego a disparar cual ametralladora la lista de nombres de películas que iba acumulando en mi archivo mental con el paso de cada ronda, de cada juego. Si aún así, no acariciábamos el triunfo, yo tenía siempre preparado un as bajo la manga. Tenía un caballo de Troya para mi batalla, diseñado para derrotar al enemigo desde adentro. Era así que con mis mofludos cachetes, y mi torpe andar me acercaba inocentemente al jugador del equipo contrario que se disponía a interpretar el próximo título y le susurraba alegremente al oído: “La insoportable levedad del ser”. Boom. Punto asegurado para nuestro equipo. Nadie conocía la película salvo yo, que no sé cómo es que la conocía, y alguno que ya había sido víctima o al menos estado presente en mi jugada troyana y me daba todo el aval científico que necesitaba para seguir usándola en el juego. Porque para ese entonces no existía aún wikipedia, IMDB, siquiera internet, no al menos en la zona sur de la querida Gran Buenos Aires donde esto se orquestaba. Para ser sincera, más que un bache en mi recuerdo, hay una no-explicación para esto. Yo les aseguro que es el día de hoy y esa película nunca la ví. Por ese entonces no tenía edad para verla y después, tristemente dejé de jugar al diálogo con mímica. Pero nada ocurre por milagro, yo de algún lado saqué ese título.

Me gusta pensar que de niña era una esponja. Me gusta el concepto, y siento un poco de nostalgia por esa pequeña niña bebedora (anónima, porque ni ella sabía que bebía). De chica varias veces me pasaba de hacerme de conocimientos que no sé cómo llegaban a mí. No, no estoy hablando de que andaba explicando la teoría de la relatividad en el arenero del jardín. Me refiero a pavaditas, nimiedades de las cuales yo no era consciente hasta que alguien las señalaba: ¿cómo sabes eso? ¿de dónde sacaste esa palabra? Las absorbía por ahí sin más, sin darme cuenta. Quizás fue por eso que un día decidí salir de viaje, quizás fue mi anhelo de volver a ser niña-esponja, de absorber conocimiento sin cesar, sin siquiera notarlo. De impregnarse sin querer de nuevas culturas, comidas, lenguajes, geografías. Porque viajar para mí es eso, es calzarte el traje esponja y salir con los brazos abiertos a recorrer, a charlar con la gente, a observar, a escuchar. Estar dispuesta a ser otra vez esa chiquilla-bebedora-anónima de conocimientos, ávida por recibir. Quizás fue por eso que puse mi cuerpo en la hermosa travesía de viajar. Pero he caminado playas, desiertos, montañas, ciudades, pequeños pueblos, selvas y hasta debajo del mar. He llevado mi cuerpo a cuatro de los cinco continentes, y me he dado cuenta que las playas, desiertos, montañas, ciudades, pequeños pueblos, selvas, debajo del mar; tanto caminar no es más que irreversiblemente ligero. No pesa, es liviano, leve, volátil; como un sueño.

Para mí fue en el Video Club Sur donde absorbí el nombre “La insoportable levedad del ser”. Había 2X1 los fines de semana. En teoría una película para mis papás y otra para nosotros, los chicos. Pero siempre terminaba siendo una riña, mi hermano mayor quería monopolizar todas las decisiones en materia de alquiler de videos. Así que yo quedaba relegada a dar vueltas las cajitas de las películas cuando alguien las dejaba patas para arriba mientras mi hermano armaba una triada de posibles películas que incluían: una para él, una para él que mis padres podían estar interesados en ver y otra para él que fingiría que a mí me iba a interesar. Esas eran las opciones que se barajaban cada fin de semana. Si habré estado por ahí enderezando películas, yo no distinguía entre secciones, infantil, terror, drama o triple XXX eran lo mismo con tal de matar el tiempo en el video club; y así creo que fue que mi pequeña esponja acumuló tal extraña filmografía: “La insoportable levedad del ser”, basada en la novela de Milan Kundera.

Me resulta casi gracioso que nunca me haya preguntado qué significaba esto. Y sin embargo es lo  que llevó intentando aprender en los últimos años. Viajar ligero. Aprender a ser esa levedad, a entender que no hay cuerpo, que no tenemos un peso real, que nuestro cuerpo es en realidad tan pesado como una sombra, tan pesado como un sueño. Para intentar ponerlo en ejemplos, ¿qué queda de mis viajes, de mis caminatas en desiertos, bosques, ciudades y playas? Nada, mi paso por ahí no ha dejado huella, trazo, ni sombra, tampoco ha dejado en mi cansancio o hastío, se volvió levedad, se hizo positivo. Eso que un día fue materia, que fue el peso de mi cuerpo descubriendo nuevos paisajes hoy ya no lo es, se volvió volátil. Más liviano que una pluma, pero tan real como un anhelo. Fue ese aire entre mis dedos. Y cuánto cuesta entender que no podemos conservarlo, que no es nuestro ese aire, esa nube, ese cielo, que son intocables para nosotros, aunque estemos ahí; aunque ellos nos toquen. Debemos entender que se volvió levedad, espíritu. Entonces aprendes a que no podes encerrar el aire debajo de un vaso, en una mochila, o atraparlo entre libros. Tenés que aprender a abrazar ese viento, ha olvidarte de ese cuerpo, porque no toca, no abraza, no besa, no acaricia, no tiene peso. A viajar más ligero, a vivir más ligero, a separar tus pies de tu cabeza, a aprehender cuán liviano es tu cuerpo.

Así pasa con todo, se vuelve leve, incorpóreo. Las horas de mi cuerpo sentados al sillón, con la computadora en las piernas, escribiendo, releyendo, borrando, reescribiendo, volviendo a borrar, leer y escribir, los pensamientos que quise poner y los que puse sin querer, todo es efímero. Ya no hay un yo detrás de esta pantalla, ya no estoy más sentada al sillón, este texto se volvió insoportablemente leve. Y lo ligero es positivo porque nadie lo agarra, vuela entre todos, nos toca y desaparece, se nos va de las manos.

Ese es mi deseo para este 2015, que entendamos el sentido de lo ligero, de lo positivo, de lo efímero y que sepamos abrazar el año, sentir el aire entre las manos, vivir con euforia su levedad, dejarse levantar por ella y volar.

Sacamos cuerpo, pusimos alas

Sacamos cuerpo, pusimos alas. (León Gieco dixit)

 

One thought on “RELATOS DE UN DIÁLOGO CON MÍMICA PECULIAR

  1. Lily

    Excelente Yohe, como siempre, a este 2015 voy a abrazarlo en febrero y sentiré el aire entre las manos!!!!!!

     

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