DIAS DE LLUVIA

Juana, a diferencia de cualquier niño, detestaba los días de lluvia; los odiaba. La mayoría de los chicos de su edad se ponían contentos cuando desde la cama escuchaban esas gotas gordas y pesadas que anuncian que no irían a la escuela. Sin embargo, a ella le molestaba que no pudiese ni asomar la nariz por la ventana mientras los chicos se calzaban sus botas para la lluvia, sacaban a relucir sus pilotines de colores, sus paraguas con forma de animales y se disponían a pasear, algunos esquivando charcos, otros buscando baldosas flojas para estampar con la ferocidad de un elefante sus botas en ellas. A Juana, no es que le den miedo las tormentas, le dan bronca. Porque hasta que el doctor se lo prohibió, ella era de esos niños que correteaban bajo la lluvia en busca de charcos a los que zambullirse o mejor aún, calles inundadas a los que los chicos del barrio decoraban con todo tipo de barquitos: de botellas, de cajitas de plástico o hasta los más improvisados de cartón y papel. Le daban bronca porque implicaban días enteros sin salirse de la casa, sin ver a sus amigos. Por eso odiaba los días de lluvia de niña.

También aborrecía el verano. Más bien odiaba que terminase la escuela y todos sus amigos fuesen a la Colonia de Vacaciones y ella no. No es que sus padres no podían pagarla sino que el médico lo prohibió al igual que salir los días de lluvia. Y ni hablar de los días de carnaval, eran una pesadilla para ella. Así fue que a muy temprana edad aprendió el significado de la palabra martirio. Nada de jugar como los demás niños con bombuchas o a la guerra de mangueras; esa época del verano era la peor. En esos días se encerraba en el cuarto con las persianas bajas, y hacía campamento bajo las sábanas de su cama con apenas una tenue luz de una linterna que le permitía leer.

Desde los 7 años tuvo que alejarse del mundo de los niños que chapoteaban bajo la lluvia, que reían a carcajadas ante un sorpresivo ataque de baldazos de agua, o que esperaban todo el año para ir a barrenar olas al mar. Juana encontró refugio en los libros, halló en ellos los paseos en canoa por el lago, el armado de los muñecos de nieve, las olas perfectas para surfear, las cataratas más maravillosas, los carnavales de Venecia, las danzas de la lluvia azteca y un montón de cosas más que nunca pudo hacer de niña.

Creció siendo sumamente consentida, nunca sus padres le dieron un disgusto. Debían lidiar con algunos de sus locos caprichos como helado de arroz con leche o sopa de panqueques para que no sufriese, para que no llorase. Por suerte era hija única y no sólo sus padres y abuelos podían avocarse por completo a ella, sino que afortunadamente no tenía hermanas o hermanos con quien pelear y desatar una tragedia.

Es que Juana era alérgica. Pero no a el coliflor, la espinaca, la sopa, el hígado o la polenta como cualquier chico de su edad hubiese deseado. Juana era alérgica al agua, cualquier tipo de contacto con su piel la ponía roja como tomate perita, con un ardor que iba subiendo de manera exponencial, parecía que se le quemaba la piel y la hacía gritar como hiena en celo. Incontrolables y sumamente dolorosos eran estos episodios. Lo más peligroso de todo, sus lágrimas: la perfecta combinación entre agua y sales que la podía dejar al borde la muerte.

Cuando cumplió 10 años el diagnóstico de Juana empeoró, desarrolló una terrible alergia a sus lagrimas, y la familia decidió que era hora que comenzará su tratamiento, o mejor dicho, entrenamiento. Juana dejó la escuela a la que iba y empezó sus clases en el “Colegio Superior de Destrezas en Alergias”. Ahí conoció muchos niños, cientos de niños, no sólo con casos iguales al suyo, sino que descubrió niños que sufrían otros tipos de alergias: como Ema la niña alérgica al sol, Julio que era alérgico al frio, Luna y Sol las hermanas alérgicas al ejercicio físico, Darío el niño que sufría electro sensibilidad, Rubén que tenia intolerancia a los besos y Clara con alergia a los colores.

Pasaron apenas unas semanas de iniciadas las clases y estos niños encontraron mucho más que un lugar donde aprender a convivir con sus enfermedades, encontraron no sólo un grupo de contención sino amistad. Se reunían todos los fines de semana en la casa de Darío, que tenía una habitación especialmente diseñada para cubrir las necesidades de todos los chicos. Sala descontaminada de cualquier material electrónico, incluso con el perímetro bloqueado a señales de celular, la mínima decoración había sido removida para que no haya colores en la habitación que estaba por supuesto calefaccionada a la temperatura ideal para Julio, en planta baja así no demandaba esfuerzo físico alguno a las mellizas, todo bajo control. Excepto por Juana, su caso  era más complicado ¿Cómo controlar las emociones de una niña? ¿Cómo controlar a estos chicos que por fin encontraron más que pares, verdaderos amigos y quieren reir con ellos hasta el llanto?

(Continuará)

Días de lluvia

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