EL BAMBU, EL GENIO, LA NIÑA, EL MONSTRUO Y EL RAPERO DE FONDO

De niña siempre tenía dudas sobre el “oficio del escritor”. No entendía bien cómo los escritores pueden escribir tanto sobre tantas cosas si se supone que son personas ermitañas, poco sociales, sin destreza para aventurarse siquiera en deportes. Entonces, mi cabecita razonó que no, que yo no sería escritora, que por mucho que me gustase narrarle cosas a la gente no iba a elegir ese camino. No estaba en mis posibilidades, no. Hay que salir, hay tener amigos, hay que leer mucho, hay que salir, hay que tener amigos, hay que leer mucho… ¡Corresponsal de guerra quiero ser! Y mi abuela casi se infarta. Creo que para ese entonces ni siquiera tenía mucha noción de lo que es una guerra, y ahora entiendo que sigo sin saberlo, nunca se puede realmente entender qué significa sino se vive dentro de una. Radicalmente diferente hubiese sido mi camino si seguía por esa vía. De seguro esos cachetes llenos de elastina habrán pensado en viajar, en poder mostrar muchas cosas con imágenes. Pero estoy segura que un par de helados y unos cuantos dulces debieron de cambiar el foco de atención; y lo que podía haber sido una prematura revelación, se esfumó como churros rellenos de dulce de leche en la Bristol un sábado cualquiera de enero.

Hoy me levanté con la clara convicción de que “cosas” germinan dentro de mí. Lo he dicho antes y lo repito a riesgo de quedar como una loca, ridícula o drogada. Les juro, sobre el total del precio que cada uno de ustedes le ponga a mi honor, que crecen cosas dentro de mí. Que cuando pasa el tiempo y no escribo, siento puntadas en la panza que no son de nervios, son de frases que están buscando salida, como las ramas buscan la luz. Que en mi cabeza los pensamientos más normales se empiezan a enredar con ideas, con descripciones nuevas. Hay párrafos enteros atorados ahí, buscando aferrarse a las ideas mundanas para poder respirar aire fresco. ¿Nunca les paso de abrir la boca para hacer un sutil comentario y una catarata de palabras salieron alocadas tras de él, desesperadas, sedientas? Y si cierro la boca a tiempo para que no salgan, me queda un sabor a una idea elaborada, refinada, que no es mía y no sé de dónde viene. A mí lo que me pasa, es la sensación de que voy a explotar como volcán. Entonces, hay días como hoy en los que me levanto y tengo que escribir, y me siento a hacerlo y me hablan todas las ideas a la vez y no sé a quién dejar salir primero: si a la niña que no quería ser escritora, si a mi yo actual que me habla de jardinería, o retomar el diálogo de un año atrás con el monstruo que me decía tantas cosas a la vez sobre miedos ridículos. O debería de hablarle a esa pequeña asustada, que se esconde en el fondo cada vez que se abre la puerta. Dice que no quiere ser juzgada, etiquetada, que si sale es un viaje de ida y con destino incierto.

Pero el rapero de fondo está haciendo callar a todos, no me deja escucharlos. Y entonces ¿qué tenemos acá? ¿Una interrupción a un proceso creativo? ¿Un nuevo proceso creativo? ¿O una excusa a una carencia de proceso creativo? ¿Y quién juzga? ¿Yo? ¿Ustedes? Yo podría juzgar pero luego ustedes me juzgarían a mí. Pero yo no estoy sola en esto, que tengo un cómplice.

El escritor es ese ogro amargado que nos muestran las pelis, alcohólico, con un pasado muy turbio donde de seguro hubo al menos un trágico accidente. Que vive aislado de la sociedad por elección a la resignación. Sucio, siempre de entrecasa, pudiéndose pasar 26 de las 24 horas del día echado en un sillón, que tiene excusas perfectas para todo, que genera suspenso cuando habla. Que mejor que no le golpeen la puerta. Y el joven niño que recién se muda a ese vecindario pregunta por qué.

– Porque es peligroso. Sufrió mucho y no quiere que nadie lo moleste ya.

Siempre es más o menos así, sabemos que el chico irá de todos modos, desobedecerá a los padres y, según sea el caso, aprenderá / dará una lección de vida. En la ficción es un cliché de un escritor, escrita por un escritor. Pero en la vida real es el lugar social que tienen los escritores. Se es el exitoso que firma best sellers por horas en la librería o el talento arruinado que debe sucumbir ante sus propias miserias en una deteriorada casa, con los jardines que parecen junglas, sin siquiera persona que quiera ir a hacer el aseo y con un gato más hostil que su dueño. No hay medias tintas en esto.

Cuando pasa el tiempo y no escribo, semillas de frases empiezan a crecer, pero crecen enloquecidas, buscando la luz, son como esos bambús de la suerte que se enroscan y enroscan en busca del sol. Y eso es sumamente peligroso, porque puede dejarte en plazos de menos de 24hs andando en zancos o con brazos de espantapájaros porque ya lo dicen los expertos en jardinería que los bambús son de las plantas más rapiditas de crecimiento: hasta un metro por día. Claro, estamos hablando de bambú de calidad, japonés, no de caña paraguaya. Hoy casi me convierto en una bambúboa, un bambú que se apodera y traga a una muchacha indecisa. Un palito en busca de luz con un nudo de 30 años en el medio.

Sé que me están juzgando ya, pero por favor no me responsabilicen por todo esto, yo no soy la única culpable. Mi cómplice se llama Daimon o más conocido como proceso de inspiración, magia divina, iluminación, genio creativo, poder del más allá, etcétera. No tengo una coartada con él, nadie nos ha visto juntos, pero les aseguro que hay muchos como Daimon vagando por ahí, convirtiendo ideas copadas en gente drogada, o desapareciendo imprevistamente y dejando a un escritor, o a cualquier persona que se dedique a carreras creativas, a la deriva, cayendo en un pozo ciego de donde se retroalimenta la mala reputación de los escritores y artistas.

Buscaba en el patio una pelota que había arrojado por error algún chico del vecindario pero pasaría tiempo hasta que la fueran a buscar, tal vez años, y de pronto vio, entre las lajas, un pequeño brote de bambú, lo metió en una tacita de helado, lo rodeo de tierra y lo puso en un lugar privilegiado del jardín de invierno, para que le dé el sol. Volvió a la cocina, se lavó esas manos sucias cual monstruo de barro y volvió al sillón. La botella de gin y los recuerdos de una niña sin destreza para los deportes pero con ansias de aventuras le encienden esa chispa rara adentro que le hace escribir sin razón, sin importar ya lo que el resto va a decir de su trabajo, porque sabe muy bien que con o sin gloria, el regocijo que hay en escribir “lo que sea” es tan grande, imprevisto y mágico como esa sorpresiva caricia que nos da el sol cuando en un día de invierno entibia nuestros cachetes.

Y acá les dejo una MEGA YAPA. Si leyeron todo esto, puede que les haya gustado o no, puede que hayan entendido lo que quería decir (si es que quise decir algo en particular), eso ya no importa tanto. Lo único que no pueden es perderse esta charla Ted sobre ese Daimon llamado genio creativo. Muy buen de principio a fin.

 

5 thoughts on “EL BAMBU, EL GENIO, LA NIÑA, EL MONSTRUO Y EL RAPERO DE FONDO

  1. maria pezzani

    Genial!

     
  2. N

    Siiii x fin se hace pública tal magnifica capacidad!!!
    Suscripto y a repartir para que sumes visitas. Grande tintorera !

     
    • La tintorera La tintorera

      Gracias!!! Las puertas están abiertas para todos, lo único que si lo divulgas entre tus colegas paraguayos avisame que editamos lo de la caña 😉

       
  3. Lily

    Brillante Bambú!!!!!

     
  4. Anónimo

    Brillante Bambú!!!!!!!!!

     

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