EL PANTANO

¿Qué clase de redimisión hay cuándo tocamos fondo? ¿Por qué queremos llegar siempre a ese nivel de inmundicia? ¿Qué nos atrae más de la frustración, agonizar o saber que estamos vivos y sufriendo, que estamos despertando? ¿Por qué todo tiene que ser martirio y congoja? ¿Por qué después de estar al borde de la ciénaga, de mirarla y sentir ese frio húmedo que nos hiela los huesos, después de ver esas sombras y fantasmas volvemos a estar a la orilla, y damos ese paso en el aire sabiendo que no había piso que nos contenga? ¿Por qué? ¿Y por qué a veces viene alguien y nos apura, nos da ese murmullo en soplo, esa palmada cariñosa que nos desestabiliza, o ese grito que nos empuja premeditadamente a la fosa? ¿Por qué a veces somos hasta cobardes de aceptar nuestra malaventura? Todas las preguntas nos dan la misma respuesta: la bajeza del ser humano. La visceral necesidad de sentirse mugriento, de revolcarse como cerdo en el fango.

Es que hay que conocerse, y reconocerse una y otra vez las entrañas, para saber qué está podrido dentro de nosotros. Entender por qué nos duele lo que nos duele, por qué fracasamos, por qué lloramos, por qué perdemos, por qué nos dejaron, por qué nos perdimos, por qué desistimos.

Seguramente estamos haciendo otra vez el mismo camino, el que nos lleva al pantano del ser humano. A regocijarnos en nuestras miserias, a dar todos los pasos en falso. A llenarnos la cara de barro, a mirarnos al espejo y espantarnos, a no tolerar lo hediondo que estamos, a transpirar desgracia y delirio. Porque el perfume del pantano embriaga, extasía nuestra alma vacía, nos llena de barro; de tristeza, pero nos llena. Y cuando estamos bien putrefactos de nosotros mismos, nauseabundos de nuestras desdichas, hastiados de nuestras excusas, empachados de infelicidad; es ahí cuando aparece el corcel blanco, la pureza en el pantano, la leyenda cumplida. La magia, la energía iluminada y la estupidez humana puesta en lavandina.

Ese héroe mítico que nos recompensa vive en las márgenes del fangal. Hay que navegar por tierras nauseabundas, sentir el peso de la oscuridad, el sofoco del barrio en nuestra piel, el zumbido de la noche dentro de nosotros para verlo. Jovial e inocente bebe del pantano las más bajas y oscuras de nuestras actitudes, come las hierbas de la ciénaga y estas brillan en él como plancton. Y nos subimos a él, aferramos nuestras piernas a cada lado, entrelazamos nuestros dedos en su pelaje para sentirlo y sentirnos, para saber que es real y que estamos despiertos. Y a paso firme nos vamos, como quien busca un renacer, sin mirar atrás, con un rumbo en mente, con la mirada puesta en el horizonte y no en el lodazal del que emergimos.

Cuenta la fábula que, antes que el humano lo viera, el corcel blanco había parado a beber en el pantano y a reflexionar sobre su gracia, del atractivo de su fisonomía, de la hermosura de sus facciones, de sus hazañas y venturas; y mientras bebía vio su reflejo en el lodo: paja, barro y agua podrida.

 

2 thoughts on “EL PANTANO

  1. Laura

    Increíble coincidencia, hace unas noches soñé con un pantano, de vegetación verde, con algunos amigos nos tirábamos como si fuera una pileta genial y ahora leo esto!! Junguiano
    besos Tinto

     
    • La tintorera La tintorera

      A ver si soñas con el próximo posteo también!! Y la pegas, nos vamos para el casino noma´! Besote par toda la flia

       

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