LA ISLA

     Nadie descendió del tren con él, y no vio persona alguna esperando en esos andenes. Se calzó su mochila a los hombros y salió de la estación. No había ni parada de buses, ni taxistas, ni tuk tuk esperando por turistas o farag, como llaman en tailandés a los extranjeros; señales de que había tomado la decisión correcta. A pocos metros de ahí encontró un puesto policial y fue en busca de algunas indicaciones para poder llegar a la playa. Empezaba a sentir las palpitaciones por la emoción, estaba sólo a dos kilómetros de su objetivo, una larga caminata bajo el fuerte sol de mediodía y finalmente arribaría a destino. Sin embargo, uno de los policías se ofreció a llevarlo en su moto.

– No tengo nada que hacer, yo te llevo.

     Sospechó durante los primeros diez segundos, pero luego se animó a subirse. Una de las decisiones que pregonaba para ese viaje había sido poner un voto de confianza en la bondad de la gente. Quería probar a los demás, y a sí mismo, que en el mundo también hay mucha generosidad, que no todos se rigen por el egoísmo, la ambición e inescrupulosidad. Así que confió, se entregó a la idea de que el joven estaba contento de recibir un turista en la zona, aunque él no quería ser catalogado así, y que en su gesto sólo había buena predisposición y curiosidad, características que han de ser innatas en todo ser humano más allá del lugar donde habite, su cultura o religión que profese. Fue así que a ese aire pesado, caluroso y pese al polvo que levantaba la moto por el camino; lo sintió como una lluvia fresca y revitalizadora de verano. Durante mucho tiempo se había puesto una meta y finalmente ahora iba a abrazarla. Antes de dejarlo. El policía le quiso hacer ahorrar tiempo y le dio un tour completo por el lugar indicándole cual era el único restaurant, el único bar y el único hospedaje que había en el área. Él no pudo estar más contento con eso, no porque le haya ahorrado tiempo y preguntas necias, sino porque le indicaban que estaba bien encaminado. Se despidió del policía dándole las gracias como corresponde: “Kop Kun Kap”, y alquiló una habitación en el único hostal que había, de construcción bien modesta pero con una ubicación estratégica frente al mar.

     La playa no era muy larga, 500 o 600 metros quizás, tenía una sutil forma de medialuna, y puesto que no había casi construcción alguna sobre la costa, le daba la impresión de que estaba en el patio de una casa. Lo conmovió la idea de sentirse en casa, de estar a miles de kilómetros de lo que siempre consideró casa y sin embargo sentirse más familiarizado con eso que con su verdadero hogar. Era increíble, tres días más tarde de su llegada a la caótica Bangkok, con sus calles repletas de turistas de todo el mundo alocados, sedientos de fiesta, descontrol y un toque de exoticidad; después de esa primera desilusión de que no estaba solo, de saber que miles de extranjeros poblaban las calles y había hordas de micros que salían de los cuatro costados de la plaza para todos los destinos posibles de Tailandia; después de sentir que iba a ser difícil encontrar lugares solitarios; después de todo su corazonada no le falló y dio con el remanso de paz que estaba buscando.

     Luego de haberse pasado todo el día alternando entre el mar y la hamaca paraguaya, se dio una ducha y se fue al bar a tomar una cerveza y comer algo puesto que con la excitación de las primeras horas se olvidó de que no comía desde la tarde anterior. Ese primer atardecer en una playa remota de la costa asiática inauguraba oficialmente su estadía en Tailandia, estaba atónito con el lugar donde se encontraba: la calma y la quietud de lugar lo mecía suave y lo encantaba. Una vez que el sol cayó, se dispuso a leer uno de sus tantos libros seleccionados para el viaje. Mientras trataba de elegir cual empezaría, notó que de una mesa lateral lo observaban. Cuando levantó la vista se topó con un hombre de unos sesenta y tantos años, con marcado aspecto gringo, y un sombrero que lo confirmaba. El hombre hizo el ademan de si podía acercarse a su mesa y sin más se desplazó y empezaron a hablar. Era un cartero ingles retirado, que se había prometido toda su vida que cuando terminase de trabajar iba a vivir un año en el paraíso. Confesó que tuvo esta idea en mente por más de veinte años, que fue lo que lo ayudó a salir de la cama cada mañana para ir a trabajar después de la muerte de su esposa. En sus ojos había nostalgia por su esposa, por no tenerla junto a él, por no haberla podido llevar nunca a un paraíso como ese; satisfacción había también en esa mirada, por haberlo logrado, por no darse por vencido y haber tenido una meta que lo motivase, que lo haya mantenido vital y enérgico para poder disfrutar su recompensa después de tantos años de sacrificios y trabajo. Luego de una breve pausa, el hombre retomó entusiásticamente la conversación y le preguntó por cuánto tiempo se quedaría, le contó que tenía algunos juegos de mesa, que podrían intercambiar libros, que una vez por mes hay una excursión para hacer snorkel en la isla de enfrente que es un parque nacional al que él ya había ido cinco veces y aún así no paraba de sorprenderse de la belleza bajo esas aguas. La idea lo cautivó, quería saber cómo ir y si podría ir mañana. No, el hombre opacó sus ganas. Es una isla privada, sólo salen botes una vez por mes para la excursión y la última fue hace dos días. Empezó a sentir un ardor en la boca del estómago.

– Pero se ve bastante cerca la isla, ¿no hay otra manera de ir?

– Es lo suficientemente lejos para que no se pueda ir nadando, lo que preserva el lugar de poblarse de gente. Por eso es tan bella la isla, es virgen.

    El fuego en el estómago comenzó a subir rápidamente por su cuerpo, se sintió inquieto, movilizado, el fervor llegó a su garganta. y desapareció por completo cuando abrió la boca.

– ¿Y en kayak se puede?

– No lo sé, habría que preguntar a la gente de acá.

     El malestar había desaparecido por completo y sentía sus pulmones llenos de aire fresco, puros, en perfecto funcionamiento mientras le contaba su idea al dueño del bar que, sorprendido por la osadía, se animó a confesarle que él lo quiso a ser unos años atrás cuando llegó por primera vez a ese lugar pero sólo llegó a mitad del camino, luego la corriente estaba demasiado fuerte y decidió volver antes de que la noche lo encontrará en el agua. Preguntó dónde podía conseguir un kayak. El dueño del bar se sorprendió por la tenacidad de su idea, pero al ver que el joven estaba firme en su decisión llamó a uno de los clientes que estaba bebiendo ahí. Él era el único que tenía kayak en ese lugar, le contaron la idea y el señor accedió a prestárselo por uno o dos días. El dueño del bar buscó un mapa de la zona y calcularon que serían unos 10 kilómetros hasta la isla. Chocaron botellas de cervezas y brindaron por lo que sería una aventura. Se armó una única gran mesa en la puerta del bar y todos los presentes se unieron a ella. A medida que las rondas de cerveza pasaban comenzaban a aparecer chistes sobre lo que sucedería al día siguiente: había muchas más bromas sobre su potencial naufragio que sobre su posible logro.

    Entre los comensales a esa improvisada reunión había una joven tailandesa sorprendida por la audacia del farang y, aunque ella no bebía alcohol, iba soltándose con el paso de cada ronda, animándose a hacerle preguntas pero sin escuchar demasiado sus respuestas sino fijando su mirada en lo tupido de sus pestañas. Ella era de una belleza delicada, cara redonda de rasgos suaves, pelo lacio, largo y negro, contextura muy pequeña y manos de niña. Se había criado en ese pueblo, pero tuvo que mudarse a Bangkok cuando empezó la universidad. Pasada la medianoche el bar cerró, y el grupo se disolvía. La joven le dijo que le gustaría mostrarle algo y comenzó a caminar a paso rápido sobre la playa. Cuando él termino de saludar y agradecer a todos, ella ya se encontraba a unos cuantos metros de distancia. Él no se apresuró a alcanzarla, al contrario, prefirió mantener esa separación, como si cerrase así los ojos esperando ser sorprendido. Cuando llegó a donde ella se había detenido, miró hacia el océano y vio centenares de pequeñas luces que iluminaban el agua. Mágico, su corazón empezó a golpear fuerte, como el sonido de tambores que auguraban un momento de gloria. Dejó todo lo que tenía en la arena y se fue; desnudo, a abrazar esa naturaleza. La chica fue tras él, eran dos extraños, desnudos, rodeados de un mar iluminado por pequeñas luces en el agua que parecían destellos de cristal. Sus cuerpos brillaban, en el horizonte se veían nubes de tormenta, pero ahí ellos dos, gozaban del perfecto clima.

     La mañana siguiente estaba llegando tarde a su cita, pero necesitaba asegurarse de que su cuerpo se encontrase lo suficientemente descansado para emprender la jornada. Pasó a buscar al cartero retirado, quien supo aprovechar su espera preparándole una vianda de sándwiches, frutas y snacks. Y juntos fueron a buscar el kayak. El dueño fue con ellos hasta el mar y le preguntó cuántos kilómetros solía hacer remando. El respondió fresca y enérgicamente que nunca había subido a un kayak. Había locura en su respuesta, pero estaba claro que él no lo hacía nada más por la prometida arena blanca y aguas cristalinas. Iba en busca de una aventura, la adrenalina era su motor. Las piernas le temblaban. Un niño de unos nueve o diez años apareció con un chaleco salvavidas y botellas de agua que enviaba el dueño del bar. Ya estaba todo listo para la aventura. Se subió al kayak y a los treinta segundos se le dio vuelta. Mal augurio. Los hombres que seguían ahí expectantes de su partida le dieron unos consejos simples para controlar el kayak y le sugirieron que se apure porque ya era mediodía y la tormenta que seguía en el horizonte parecía que iba a acortar las horas de luz por lo que debería llegar a la isla en tres horas, así podría estar de regreso antes de que el sol cayese por completo.

     Llevaba dos horas remando, el sol estaba encima de él y ya se había bebido casi toda el agua. La isla aún parecía un sueño lejano, no tenía ninguna certeza de que iba a lograrlo. La corriente se iba poniendo cada vez más tensa y el esfuerzo por remar y seguir avanzando sobre esa línea de bollas con banderas que le marcaban el rumbo era una tarea cada vez más complicada. Se propuso alcanzarlas, una por una, lo llevarían a la isla. De lo que sí estaba seguro era de que no reservaría energías para la vuelta, pondría todo de sí para alcanzarla. Mientras se sumergía en estos pensamientos y pensaba en seguir como sea, las cosas no hacen más que ponerse peor. Esas nubes dejaron ya de amenazar y descargaron su agua sobre él. La lluvia caía fuerte, alborotando aún más el océano, haciendo una cortina de agua que apenas le permitía ver la próxima banderita a la cual dirigirse. Su estómago se había contraído. La isla había desaparecido de su visión y, por un momento, también de su cabeza; se trataba sólo de remar y remar, de luchar para que la corriente no lo llevase en la dirección errónea. Supo tener miedo de quedarse varado ahí, de que se le agotasen las fuerzas. Temió por cómo iba a hacer para sobrevivir una noche en el medio del mar sin que la marea lo meciese a su antojo. No estaba muy seguro si pudo avanzar algún que otro metro durante la tormenta, sólo recuerda el alivio cuando la lluvia amainó, la bruma del mar bajó y pudo volver a ver la isla. La calma del cielo y el sol ahora arriba de ella, iluminándola como a una diva, le renovaron las energías.

     La fiereza del agua lo desviaba una y otra vez, la isla aún estaba lejos, pero ahora ya con la miraba fija en ella, embistió con devoción una y otra vez el remo hasta que finalmente, cinco horas más tarde de su partida, arribó a la isla. No había terminado de sacar el kayak del agua que no aguanto más, estallado de felicidad se tiró de lleno en la arena con la emoción de quién festeja un gol definitorio. Todo su cuerpo se aflojaba. Lo había logrado, todo el esfuerzo sin duda había valido la pena. Se quedó un largo rato contemplando la belleza de la isla, era cierto, tenía ese aura de virginidad que la hacía tan especial.

     La isla era una propiedad privada y una reserva natural por lo que no estaba solo ahí. Se acercó al bar en busca de algo para tomar y el joven que trabajaba ahí le empezó a hacer peguntas sobre su hazaña. Fue ahí que se dio cuenta que no le daba el tiempo para volver, que debería de pasar la noche en la isla. El joven lo llevó a la recepción del complejo de cabañas y claramente comprobó que no iba a poder afrontar pagar una habitación ahí. Consultó si le podían dar siquiera una lona o colchoneta para dormir en la playa, pero le dijeron que el dueño no lo permitiría. Se comunicaron con él, le explicaron su situación y el propietario se interesó en hablar con él.

– Mi farang, usted ha llegado en un día de suerte. Hoy es mi cumpleaños y me siento generoso. Además sería descortés de mi parte tras todo el empeño que puso en llegar negarle un poco de hospitalidad.

     La muchacha de la recepción le indicó que lo siguiera. Le explicó que pasaría a ubicar la cabaña del hijo del dueño, que no se encontraba por estos días, le explicaron que el complejo contaba con servicio de buffet por la cena y desayuno así que podía acercarse a comer y cuando se estaba yendo la mujer, una señora mayor pero con más rasgos de timidez en su cara que de paso del tiempo, se acerca a proveerle toalla, jabón, shampoo y hasta una muda de ropa seca. Ya estaba por darse una ducha cuando le golpean la puerta de la habitación. Era el barman del resort, se había enterado de la hazaña, estaba fascinado con ella y lo quería invitar a tomar unos tragos al bar. Él le agradeció pero prefería quedarse en la habitación a descansar, además no tenía dinero alguno para beber. El barman insistió, dijo que ellos lo invitaban, que no se preocupara pero que esto había que celebrarlo: era la primera vez que un turista llegaba a la isla de esa manera. Se duchó rápido y aceptó el encuentro.

     Ya en la barra del complejo, se encontraba más repuesto del cansancio y se iba concientizando de lo sucedido a medida que los otros huéspedes se acercaban a preguntarle cosas y felicitarlo. Pero sin duda el barman era su primer admirador, las preguntas no se le acababan nunca, ni a él tampoco su trago, su vaso siempre estaba a tope. El bar estaba montado sobre un antiguo muelle así que el lugar era estrecho y por donde mirase podía ver el mar, la noche transcurrió bastante calma y él se dejaba embriagar tanto por esa vista privilegiada, como por su vaso constantemente lleno.

     Se estaba por parar para irse y sintió que por detrás lo agarraban del brazo. Alguien le susurró al oído que le gustaba y que quería pasar la noche con él. El tono de esa voz lo sorprendió por completo, era conocido. No supo qué hacer, que decir, no quería siquiera darse vuelta. Se sintió, débil, vulnerable, pese a todo lo que había pasado en el día, en ese momento se había paralizado. Su garganta estaba completamente seca. Jugó la única carta que le dejaba jugar su repentino estado atónito, la indiferencia. Hizo caso omiso de lo escuchado, y trató de poner distancia. No pudo pronunciar palabra, no sabía qué decir a la propuesta, cómo rechazarla. Sin decir nada se fue a la habitación y dejó al barman solo.

      A la mañana siguiente se levantó bien temprano, fue por el desayuno y los empleados del resort le dijeron que sería mejor que se apure porque el bote que fue a dejarle mercadería se iba en veinte minutos. Sin vacilar les agradeció el aviso pero él prefería volver de la misma manera en la que vino. La gente seguía sorprendida de la magnitud de su hazaña y su tenacidad, pero no quisieron convencerlo de lo contrario, en absoluto. Le prepararon unas buenas provisiones de comida, frutas y agua y le dieron una cálida despedida en la orilla. Él había ido al sudeste asiático en busca de aventura y esto era sólo el principio.

La isla, el que busca encuentra.

La isla, el que busca encuentra.

 

2 thoughts on “LA ISLA

  1. N

    Es la primera vez q te leo en 3ra persona. Me gusta. Me gusta no terminar de saber que hay luego. Vamos x mas

     
  2. Lily

    Muy bueno!!!! Podría ser el inicio de una linda novela, además me gusto la escritura en 3ra persona!!!!!

     

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