LA PEOR CITA DE MI VIDA

Once de la mañana. Segunda tanda de mate mirando por la ventana y esperando que se largue un diluvión que me reconfirme que no hay necesidad de salir esta mañana.

No. No es que no sea lindo Moscú ni nada de eso pero necesito hacer un poco de “casa”, y considerando que ésta es una casa, que para mejores el dueño no está; que mañana me espera uno más de “los días de tensión”: léase los días en que tengo que salir con mis petates hacia el aeropuerto de turno, pasar check in, control aduanero, despegue avión, horas de viaje, espera y trasbordo si los hay, horas de viaje, aterrizaje, control aduanero, recogida de equipaje (máxima tensión), salida del aeropuerto vaya a saber en qué medio habilitado, encontrar el hostel, check in y si es que estoy en el horario habilitado dejar mis bártulos en la habitación que puede ser privada, cuádruple o compartida con 15 seres humanos más según destino y valor. Todo esto en los términos generales y previstos, por supuesto que la realidad lo excede todo a borbotones.

Cuestión que por el momento estoy haciendo casoña. Por supuesto que después saldré, pero básicamente porque no me quiero cruzar con el dueño de casa. No es mal tipo, es una mala combinación entre un ñoño, un corto y un frick. Todo con una cara que le hace juego. No tengo en claro si es culpa suya por ser así que me produce rechazo y ganas de alejarme o culpa mia por ser así: “elitista” para las compañías, poco tolerante con lo indeseado, haber sabido estar muy bien sola, haber sabido estar muy bien acompañada, por mi personalidad que necesita hacer chistes… No. Definitivamente es culpa de él.

Porque viene a ser como “la peor cita de tu vida” una y otra vez. Aunque cambien los contextos, los planes, y aunque acá no hay siquiera segundos intereses, o intereses reales, o interés a secas en mi caso.

45 minutos de retraso a la primera cita. 45 en los que fuí feliz sin saberlo. Explicaciones, no; ninguna. Gracias que de milagro (?) me llegó un mensaje que decía que estaba en camino. Con él llego la lluvia. La caballerosidad fue escaza. Quienes me conocen saben que no soy de quien mira a los costados para ver qué caballero me alza en brazos para cruzar un charco, yo me arremango de una y cruzo esperándome mojarme lo que sea necesario hasta que el caballero de al lado que cruza a una señorita me regala una salpicada que me baña por completo. Pero bueno, estaba claro que por lo que tenía al lado era más fácil que yo lo levante a él para cruzar el charco a que él me pudiese ayudar a mí.

Las habilidades para desarrollar comunicación se notaban escazas, casi nulas. En principio me atribuí la culpa dado mi sueño. Aún así me esforcé por buscar puntos en común de qué hablar, saber qué cosas le interesaban, qué lo enojaba, qué lo hacía feliz. Hablarle a una planta, por marchita que este, hubiese dado más frutos.  Caminamos, caminamos bastante para alguien que le gusta caminar pero que dejó de manifiesto que está cansada. Mientras caminaba me alimentaba de la feliz idea de que dos cuadras representaban 120 segundos para mí, mi cabeza y pensamientos en los que él no estaba, por grandísima suerte aunque estuviese caminando al lado mío. Después de ese oasis en el desierto tocaba volver a buscar interacción. Sí, la buscaba. Prefería hacerlo yo, manejar la cuadra (aunque con media ya bastaba y la conversación se caía) para hablar y mis cuadras para refugiarme en mi mente. Era mucho mejor que cuando el muchacho tomaba la iniciativa, que le costaba unas 4 cuadras y algo más masticar y esbozar una pregunta, a la cual yo respondía una y otra vez con la ya onomatopéyica ¿qué? Y acompañaba el sonido con la corporal excusa de que la capucha, porque les dije que llovía y caminamos, caminamos mucho bajo la lluvia, no me dejaba escuchar. Basura. Estaba feliz, en mi mundo, mis cosas, mi cabeza presurizada herméticamente para que nunca él pudiese entrar.

Luego del largo peregrinar dimos con el lugar elegido para almorzar. Se ve que era habitué, así que excusándome en eso, y en que no sabía bien de qué se trataban ciertos platos típicos, le pedí que eligiera por mí, que quería probar algo diferente, que si elegía yo me iba a inclinar por lo clásico y que no me gusta la sopa. Creo que no estaba errada está vez, siempre elijo mi propia comida, tal vez tarde en decidirme pero jamás pido que la elijan por mí. Pero me pareció pertinente cambiar por una vez, sin embargo, no lo quise dejar totalmente a la deriva sino que acompañe mi decisión con la misma explicación que les acabo de exponer arriba, así que ustedes mismos evaluarán si fue una buena jugada o no.

Llegó la comida. Los dos platos eran iguales. No sólo me pidió lo mismo que él, lo cual en mi inevitable e automático análisis de perfil cual “minita de RR.HH” me revelaba una persona carente de agallas, sin capacidad de decisión, iniciativa, carácter de innovación, miedosamente estructurado, con dificultades para ir al baño, y de una infancia aburrida, sin imaginación; pero sobre todo con el paladar atrofiado. De entrada, una sopa ¿Qué cuales son los problemas con la sopa? Que ya dije que no me gusta. Encima tiene ese maldito orden en la mesa de venir antes que la comida así que cual historieta de Mafalda, sino te la comes, no viene la verdadera comida. No queda otra que hundir la cuchara y especular con que está caliente y dejar que los minutos empiecen a correr a tu favor. Después, con movimientos muy suaves y lentos, buscar ese pancito amigo que te ayudará a superar su mal sabor, a bajar algunos centilitros de la misma y a hacer el tiempo suficiente para que tu compañero de epopeya haya terminado la suya y que puedan pasar a la verdadera comida. A todo esto tenés que sumarle el factor suerte en que el otro comensal no insista en que la pruebes de una, sin pan y tanto preámbulo que está riquísima. Y sí, lo está. Pero eso no me hace sentir mejor, si me tomo la sopa me queda menos espacio en mi estómago para poder deleitar el plato principal. Y reglas son reglas, y el plato principal por algo se llama principal así que mejor dejemos el lugar que le pertenece y ¡mozo por favor llévese esta sopa!

Vaya que la vida te da sorpresas. Sin preámbulos: dos cuasi patys aplastados y más finos que un plato de plástico descartable acompañados de un puré color guardapolvo blanco sucio. Desilusión es poco, casi lloró. Porque yo vi los otros platos, las otras mesas. Ya me costó entender que sea lo mismo, pero entender por qué esa comida de hospital precario, ese paty de hígado (una de las poquísimas comidas que no me gustan junto con la polenta pero que considero que están tan lejos de las probabilidades de que te las sirvan ya sea en una casa o restaurant que ni las menciono), paty que ni grasa que lo haga nocivo y sabroso tenía, por qué eligió eso es un misterio para mí imposible de develar como el triangulo de las bermudas.

La lluvia había parado así que no tuve excusas para no abordar la segunda caminata del día. No es que me quejo de la caminata; he tenido citas de a pie, en bicicleta, en barco, en moto y en auto, y sinceramente las de a pie son mis preferidas. Pero había algo de esa cita que no iba bien y yo  estaba queriéndole pasar la factura a la caminata. Porque esquivar charcos y baldosas flojas no es mi fuerte, porque esquivar charcos y baldosas flojas cuando estas queriendo elevarte mentalmente de la vereda y desaparecer con el próximo balbuceo del viento no es mi fuerte. Porque cada palabra de él me atornillaba a esas veredas mojadas, porque yo quería ir “redondeando” y veía una recta enorme adelante mío.

De repente, llegamos a una especie de lago en medio de la ciudad, con unas lamparitas de colores que lo atravesaban, árboles alrededor, mucho silencio y un atardecer en puerta que prometía. Hermoso. Hasta que habló. Dijo algo así como “este es el lugar más romántico de la ciudad” y un escalofrío atravesó toda mi espalda. Supongo que habré respondido por auto reflejo con algún sonido lo suficientemente estrepitoso, descontracturante y espantador de cualquier atino de cursilería.

Era obvio, íbamos a entrar a la confitería que estaba estratégicamente en el medio del lago. Era de esos lugares lindos, en los que paso por la puerta y sin mirar adentro ya sé que tengo que seguir de largo. Entramos, yo sólo quise pedir un exprimido de naranja. Él se inclino por una ensalada César y un té para dos. Sí yo hubiese querido té, me hubiese pedido té. En mi comportamiento normal hubiese hecho notar que su maniobra me molestó, le hubiese pedido al mozo que retirara mi taza y ya. Pero sin pensarlo demasiado, en mí afán de poner mi grano de arena a la situación, acepté su invitación al té. Empecé a creer que esto era como una cámara oculta, ¿té de leche? ¿eso existe? No me gusta la leche, qué es este invento. Es como comer un chorizo con gusto a  berenjena. A quién se le ocurrió. Lo peor, es que él lo hacía todo con buenas intenciones. Eso es lo que me puso tan mal y haya hecho que me tomara esa leche coagulada sin chistar. Cada paso pequeño y tímido que daba lo hacía retroceder 7 casilleros.

Yo ya me había decepcionado por completo, la comunicación era imposible de mejorar. No era culpa de mi sueño, era insípida. Una pérdida de tiempo. No sé si él se daba cuenta de lo que estaba pasando. No quise ocupar mis pensamientos en eso. Soy egoísta, o práctica, o las dos cosas. ¿Qué me importaba si era la primera o la decimonovena vez que él pasaba por esto? ¿si se daba cuenta o no? Al fin y al cabo, que no sea la primera no me hacía sentir para nada mejor. Si él no se daba cuenta me alegro por él, de los dos él la estaba pasando mejor. Y sí se daba cuenta, sabrá que no puede esperar milagros en mí. Mirá que me gustan los desafíos, pero hacer de éste tipo un individuo socialmente apto, ni te digo con onda, gracias pero paso. No me voy a hacer cargo yo de esta piedra con la que un batallón de psicólogos no ha podido.

A juzgar por su lenguaje corporal de tener casi todo su torso recostado en la mesa, sosteniendo su cabeza con un brazo, boca entre abierta y ojos de niño que espera a los Reyes por su ventana en la madrugada mirándome mientras yo miraba el techo. Literalmente. Por suerte había lámparas hindúes de varios tipos colgadas ahí que me regalaron un salvavidas ante tremendo naufragio. A juzgar por esto, no se daba cuenta de nada.

Ya no sé bien qué pensar. Manejo varias hipótesis:

  • Es un tipo con mucha mala suerte.
  • Tiene el don de hacer de una cita siempre lo peor.
  • Es un tipo con mucha mala suerte que tiene el don de hacer de una cita siempre lo peor.
  • Es un tipo con mucha mala suerte que tiene el don de hacer de una cita siempre lo peor y yo tengo la mala suerte de encontrarlo.
  • Hay un tercero macabro que se está divirtiendo con todo esto.
  • Es un tipo con mucha mala suerte que tiene el don de hacer de una cita siempre lo peor y yo tengo la mala suerte de encontrarlo mientras un tercero macabro se divierte con todo esto.
  • Detrás de esta media y mal armada personalidad hay otra.
  • Es un tipo con mucha mala suerte que tiene el don de hacer de una cita siempre lo peor y yo tengo la mala suerte de encontrarlo mientras un tercero macabro se divierte con todo esto pero detrás de esta media y mal armada personalidad hay otra.

Y de todas las hipótesis la última es por la que más me inclino y es la que más miedo me da. Tengo miedo de que sea más frick que ñoño, más temperamental que tímido. Creo que actúo como actúo no por compasión sino por mí, por miedo a hacerlo enfadar. Terror a que de pronto yo haga, diga o deje de hacer o decir algo que le haga saltar la térmica, que lo desestabilice y despierte la fiera dormida que hay en él. Y en ese caso, de seguro también habrá un tercero macabro que se deleitará con mi pánico. Pánico que insisto, ya logró sembrar en mí.

Aunque el primer encuentro fue nefasto acepté una segunda cita en pos de la cortesía y complacencia, pero en el fondo él y yo sabemos que es por el miedo. Nunca subestimes el poder de coerción psicológica que un ñoño impresentable puede tener sobre ti.

Aún estoy en su casa, intentando encontrar una muy buena excusa para evadirme de la tercera.

Nube negra

 

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