MI PRIMERA VEZ

Mi primera vez no fue en Chascomús, ni en Bariloche o la Costa. Tampoco pasó en el Caribe o en Europa. Simplemente pasó en el lugar menos esperado.

Hubo una vez un verano…

Corría enero de 2006, éramos un grupo de 7 jóvenes amigos, entusiastas y muy unidos por aquel entonces. Estábamos en lo que era para nosotros una gran aventura de mochileros. Fue mi primera vez fuera del país con la mochila a cuestas y el corazón lleno de ilusiones de pasar un verano inolvidable. La travesía había comenzado en Tucumán, al norte de argentina pero yo me uní a ellos en Salta, tras unas acaloradas 24 horas de viaje en micro desde Buenos Aires. Para mi sorpresa, ni bien llegué me dijeron que nos íbamos de Salta. Boleto en mano (y marcador en la otra) para enfrentar otras horitas más en micro hasta llegar a Purmamarca.

Eran alrededor de las 22 horas, cuando nos sentamos en la plaza de Purmamarca, en ese pequeñísimo pueblo del norte. Fue ahí que me dí cuenta de lo maravilloso que es hacer un esfuerzo para llegar a un lugar inesperado. La tímida imponencia del cerro de 7 colores de fondo me hizo aprender el valor agregado que tiene ser viajero y no turista. Algo había calado hondo dentro mío, un día atrás estaba sofocada en el verano de Buenos Aires, y ahí me encontraba en un cielo que se dejaba apreciar, en un pueblo que invitaba a soñar. Y ahí es donde lentamente empieza la historia de mi primera vez.

Purmamarca y su bello cerro de 7 colores

 

Mi primera vez fue en Bolivia

El viaje estaba en la mitad de su extensión cuando llegamos a la Isla del Sol, en Bolivia. Por un pequeño error de principiantes ansiosos, en vez de tomar el barco que nos llevaría desde Copacabana a la parte norte de la isla, nos subimos al que iba rumbo a la orilla sur. Pensamos que un poco de caminata solucionaría el inconveniente pero pronto nos dimos cuenta cuan equivocados estábamos. Al llegar sólo había una empinada escalinata y nada más. No había camino alternativo alguno que bordeara la costa. Consultamos cómo llegar al lado norte y se trataba de, una vez subida las escaleras, tres horas sobre angostos senderos entre medio de las terrazas de plantación.

Para ser totalmente honesta con ustedes estábamos sufriendo los impactos de la altitud y del calor, y tan sólo, subiendo esa inmensa escalera que aún tengo grabada en mi retina, estábamos teniendo grandes dificultades. Podría tratar de culpar a la carpa, las dos guitarras, los víveres y utensilios de cocina que teníamos a cuestas junto con nuestros aceres personales pero, en realidad, sin eso también nos sentíamos pesados como elefantes, y frágiles como un spaghetti tratando de sostener tamaño animal.

Fue así que decidimos subir hasta la cima de la montaña y acampar allí. No fue nada fácil encontrar una superficie plana donde armar la carpa, la cumbre de ese lado de la isla era muy empinada. Finalmente logramos encontrar un lugar adecuado y armarla justo a tiempo antes de que cayera el sol. Esa noche no recuerdo bien por qué no comimos, pero calculo que ninguno podría afrontar el esfuerzo que significaba bajar unos centenares de escalones para proveernos de comida.

La escalinata que nos recibió, no se ve pero sigueeeee

Isla del Sol, parte sur

Cima, como si hubiesemos subido el Everest

primera vez

Vista desde la carpa

Aquella primera noche pasamos frío, hambre, insomnio, algunos de nosotros se enfermaron, hubo fiebre, vómitos. A la mitad de la madrugada la carpa estaba inundada, yo cedí mi bolsa de dormir a unos de mis amigos enfermos y me dispuse a intentar seguir durmiendo con el calor que me pudiese llegar del excedente de la bolsa de dormir de los que se encontraban al lado mío. Sin duda fue una noche para el olvido. Sin embargo, a la mañana siguiente luego de un reconfortante desayuno, gracias a un valiente que decidió emprender el camino hacia abajo en busca de agua caliente para el mate y algunas galletas para acompañarlo, decidimos continuar rumbo a la parte norte de la isla.

Esta vez, nos aventuramos a bajar las escalinatas y tomarnos una pequeña lancha que nos llevó al extremo norte. Pese a la mala noche, y a las nauseas que me dio estar en ese pequeño bote con un tremendo olor a querosén en el que apenas cabíamos todos. A pesar del dolor de cabeza y mareo, a los pocos minutos de estar ahí, me enamoré. Me extasió la inmensidad del Titicaca, la delgada línea costera que había de ese lado que permitirá tener dos horas y ver casi desde una a la otra. Lo inmaculado de ese paisaje, los rostros de Aymaras (pueblo originario de Bolivia) que no estaban acostumbrados a ver “turistas”. La sencillez y timidez que tenían para hablarnos. Aún me da curiosidad la de historias que deben de encerrar esos pequeños senderos entre cultivos y sus introvertidos habitantes.

primera vez

Muelle al que llegamos en la parte norte

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Cultivos que encierran historias

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Amor

Ventana al paraiso

La estupidez hecha regla

Me enamoré. Es tan sólo ahora que lo escribo que me doy cuenta que ese fue el momento bisagra que marcó un antes y después en mi manera de viajar. Es increíble que tanto tiempo después me de cuenta de esto, complicado cuan cruzada trabaja mi mente, que de esa fantástica experiencia sólo haya podido esbozar una regla interna. Que estúpida fui. Es que a veces es tan difícil expresar lo que realmente uno piensa y siente.

Yo aprendí hace no mucho tiempo atrás que sólo se lo que pienso cuando lo escribo, por eso es que trato de escribir más y hablar menos. Si hubiese escrito esto al poco tiempo de haber regresado de Bolivia, me hubiese ahorrado una falsa afirmación que desencadenó en mi tonta regla de “no volverás a pasar dos veces por el mismo sitio”. Lo más triste es que durante un largo tiempo engañé, principalmente a mi misma, con esta falacia.

A veces, pecar de omisión se convierte en algo grave. Yo había ignorado qué me pasó la primera vez en aquella isla: me enamoré. Esa desatención me hizo caer en una negligencia mayor, y ocasionarme una profunda herida que tardó años en sanar. Fue así que la segunda vez que estuve en la isla, se me rompió el corazón, y aún por aquel entonces yo sin siquiera saberlo. Increíble lo necio que el ser humano puede ser.

Fue por el 2010 que, desprevenida de todo esto, hice el trayecto de un lado a otro de la isla. Esta vez fue de norte a sur, y a medida que íbamos acercando a la parte sur, mis recuerdos de mi primera vez ahí no coincidían con lo que veía. Cuatro años habían pasado, prósperos (?) años donde emergieron de la tierra hostels, negocios, cafeterías, en lo que es gran parte del tramo entre un sector y otro de la isla. Las terrazas de cultivos seguían ahí, el Titicaca seguía emanando azul intenso, pero algo se había ido y era el alma de esa isla.

Perspectivas de la segunda vez en la isla

Desde aquella segunda vez en la isla en el 2010 había predicado mi tonta regla por doquier. Algunos por suerte me habían retrucado considerándola demasiado arbitraria. Ahora bien entiendo que era más bien inmadura. Pero fue sólo en mi segundo viaje a Barcelona en el 2017 que me dí cuenta de esto y otras pequeñas verdades que podrán leer aquí. 

 

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