MANOS DE MONSTRUO MANCHADAS

Impedimentos que nos empujan. Imprevistos repetidos. Orden en el caos. De los conjuntos precedentes podríamos hacer unos cuantos ensayos mediocres de las aristas del comportamiento humano. O bien, podría narrarles con vestigios de grandilocuencia cómo es que en mi sillón, con mi picada y mi copa de vino llegué a estos atisbos de razonamiento. Pero si me conocen, o si me quieren conocer, sabrán que la realidad no se asemejará a ningún tipo de ensayo, ni siquiera a uno mediocre. Preparen las antiparras, no le tengan miedo al agua, porque lo que sigue es una zambullida profunda en el excéntrico devenir de mis días.

Hoy me levanté tranquila, sabiendo que tenía todo el día por delante puesto que no trabajaba. Al cielo ni lo mire, estaba como siempre gris-frio. Así que mi organismo se predispuso a una mañana dominguera aunque sea viernes, a un mediodía un poquito movidito pero por indeciso nomás, a una media tarde en estado de “sobremesa” y una prometedora noche de “disfruta un poco que hoy no te toca andar recordando por los clientes qué pizza pidieron” (¿por qué la gente no sabe lo que ordena en los restaurants?).

Y así fue que retomé la tarea en la que estoy sumisa hace días. Busco un nombre. No, no me voy a cambiar el mío, aunque digan que nunca es tarde sólo vería el beneficio del cambio una vez alcanzados los 58 años y habiendo pasado al menos 29 años de silencio tras pronunciar mi nombre. Sería más o menos así:

– ¿Cómo te llamas?

– Lucia

SILENCIO

O

– ¿Cuál es tu nombre?

– Romina

SILENCIO.

O incluso podría cambiarlo por Silencio. Pero no, Silencio Martínez me recuerda a la escuela, primaria, secundaria y hasta la universidad, donde alguna que otra vez escuchaba: silencio Martínez o retírese de la clase por favor.

Busco un nombre para un blog, mi blog. Busco un puto nombre para mi blog, y si bien el departamento creativo está trabajando con sus mejores cerebros sobre eso, estamos cayendo en crisis y del brainstorming sólo están quedando chubascos.

En estos días revolotean por la cabeza un aglomerado de palabras que buscan conectarse mágicamente, eslabones sueltos que intentar ordenar el caos. Ridículo, otras de la palabra de la lista, y también tengo pájaros nadando en mi cabeza, y mariposas durmiendo en mi estómago ¡Pero que difícil che! Y de repente me doy cuenta de que la culpa de todo, no es de la creatividad sino del miedo.

¿Por qué tenemos tanto miedo? ¿Todo el tiempo tenemos miedo? Mierda, de chiquita le tenía miedo a las cucarachas, a la casa de mi compañera de la primaria, a su tío, al juego de la copa, a algún que otro perro, a ir al baño al mediodía en la casa de Sabri y Lore porque me dejaban encerrada ahi, a mi torpeza y a que efectivamente haya sido adoptada. Tan chiquita y tantos miedos superados y ahora vengo a descubrir que “el miedo paraliza”. Pero la pucha, de las frases hechas una de las más frustrantes y reales. Resulta ser que de pequeño uno enfrenta todos los obstáculos paralizantes que le pone el miedo. Todos nos subimos a la bici sin las rueditas con un cagaso tremendo ¡pero nos subimos! Entonces de chicos somos más valientes, y quizás por eso dicen que no hay que perder al niño interior. Porque los niños se animan, se lanzan, experimentan. ¿Y los adultos? Los adultos analizan, reflexionan, calculan, juzgan. Y entonces, resulta ser que ahora de grande, le tengo miedo a los adultos.

Soy un monstruo. Somos monstruos. Paren: ¿de verdad alguien me tiene miedo? Resulta difícil ver en el espejo lo monstruo que somos, pero así es, por bonito que sea el reflejo que veamos, adentro está ese monstruo que nos paraliza, nos recuerda todos nuestros miedos y frustraciones, nos amenaza desde adentro. Nos dejamos amedrentar por él como niños.

Insisto. Ridículo, todo esto es ridículo. Y no encuentro un nombre porque tengo miedo al ridículo, tengo miedo a ustedes vean éste ridículo. Lo ridículo es inevitable, todos somos ridículos; y el tema, aunque parezca ridículo, es que nos vean como tal. La ridiculez está en todos; lo que distingue a la gente en “ridículos” o “no ridículos” no es la ropa que se pongan, el programa que miren o lo que digan, sino la empatía que le tengamos. Porque ridículos somos todos, sólo que a algunos nos quieren más, o otros menos.

Entonces de grandes descubrimos eso que en el mundo de los chicos, de la plaza, de la escuela, no está. La soledad, el peor de los inventos. Pero la soledad no es estar sola como yo en mi sillón, la soledad es que ustedes hayan abandonado esta lectura por considerarla ridícula, que entre ustedes y yo no haya empatía. La soledad es el miedo a no ser aceptado. Una fobia.

Y vaya sorpresa, les tengo miedo a ustedes, los adultos.

Quizás porque hace días estoy releyendo “El Principito” es que quiero distanciarme de mi yo actual y acercarme a ese niñita con cachetes súper elásticos y pelo todo revuelto, remontarme a otras épocas donde todo era sorpresas, donde en un día común de escuela muchas cosas nuevas podían suceder y volvería a casa corriendo para contarlas una y otra vez, cada vez con más detalle.

Imprevistos repetidos, como querer comer dulce de batata y darte cuenta una vez más que si las latas no tienen la manijita para tirar y no tenés el abre-lata de la ruedita y palanquita no las vas a poder abrir y no hay nadie que te saqué de éste brete como las 25 veces anteriores. Impedimentos que nos empujan, como querer decir “bueno, al final no salgo, me tomo una copa de vino y miro una peli”. Y cuando estas frente a la botella pensas cuántas abrís a diario hace meses, quién iba a decirlo. Estás en tu casa, en tu día franco, queriendo abrir una botella de vino y el corcho no sale, se metió para adentro y terminaste empujando con una cuchara de madera mientras decís: “¡no me puede estar pasando esto ahora! Tenés las manos manchadas de tinto color sangre boluda, tenés que escribir de esto porque es ridículo”. Orden en el caos, porque no saliste, no encontraste nombre para tu blog pero estas acá escribiendo porque en definitiva perro que ladra no muerde y lo que asusta no mata.

Manos de monstruo manchadas con miedo, ridículo.

 Miedos que paralizan

Miedos que paralizan

 

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