El placer de escribir y por qué no hay que dejar de hacerlo

Escribir para escuchar buena música, últimamente jazz y música francesa son mis favoritas porque no puedo cantar y distraerme. Escribo para hablarme a mí misma, pero no como si estuviese frente al espejo sino más bien en la cola del banco, arriba del colectivo o en la sala de espera del dentista.

Escribir para no pagar terapia. Escribo porque una vez me dijeron que el chocolate te da más lucidez, y como chocolate cuando escribo.

ESCRIBIR

Cima del éxito

Escribo, si a juzgar fuese por Cortázar, desde antes de escribir porque: “De alguna manera el cuento ya está escrito. Necesita convertirse en idioma y ese es mi trabajo”. Escribo porque aún no encuentro ese idioma para hablarle, para homenajearlo, para agradecerle, para decirle “feliz cumple Julio”.

Escribir porque me da excusas para aprender cosas nuevas. Escribo porque me da pretextos para viajar. Y viajar es mi perfecta coartada para escribir.

Escribo excusas porque no quiero que me gane la falta de escritura. Escribo porque es un ejercicio. Algunos van al gimnasio, yo escribo. Algunos pagan el gimnasio y nunca van, yo dejo escritos por la mitad.

Escribir porque me da la gana. Escribo para mirar esta foto y tratar de evocar ese momento. Escribo y me doy cuenta que “Manuelita vivía en Pehuajó pero un día se marchó. Nadie supo bien por qué a París ella se fue”. Escribo y me doy cuenta que fui a París como Manuelita. No sé si me trataron de embellecer pero sin duda volví más arrugada que ella.

escribir

Tres potencias se saludan

Escribo porque por esos lindos errores de la vida estoy en business class en el avión y sin pagar por ello. Entonces escribo porque esto es una orgia de espacio, o se escribe o se juega al ping pong con estas mesas.

Escribir y corro el riesgo que el hombre al lado mío sé de cuenta de lo que escribo, y si con mi look clase turista que ya lleva 18hs viajando no se había dado cuenta que me dieron el ticket gratis, si lee esto me delato; salvo que el señor sea más miope que yo y no pueda leer con el zoom a 140% que tengo en la pantalla.

Escribo porque te transporta, soy ese mensaje en la botella que un día alguien leerá y será revelador, soy esa persona comiendo chocolate en mi casa, soy esa viajera low cost sentada en business class, y soy esa niña de la foto, otra vez, siempre, en mi casa de Banfield.

Escribir, miro la foto y pienso en mi primer cumpleaños; y me doy cuenta que en ese y en el de 15 años fueron los únicos dos en los que usé vestido. En ningún caso fue elección propia.

Escribo porque tengo sueños, sueños que escribo aunque no escriba en sueños. Escribo y veo que esa Manuelita de guata me dibujaba una sonrisa en el espacio que me dejaban mis, por aquel entonces, cachetes lleno de colágeno. Y escribo sobre eso, porque las sonrisas en las fotos no se devalúan, la que está desvalorizada ahora es la foto, no la mía; todas las que no llegan al portarretratos.

Escribir porque es catarsis, y porque prefiero ser presa de mis palabras que de lo que no se dijo.

Escribo y me doy cuenta que el hombre de al lado no tiene uno, ni dos, sino tres y paré de contar porque tuve que dejar de mirar porque se dio cuenta que relojeaba sus relojes con las etiquetas puestas y los plásticos para que no se rayen los vidrios. Escribo y me doy cuenta que no soy el único sapo de otro pozo.

Escribir para no olvidar, porque si esta niña supiese todo lo que no he escrito, se desilusionaría tanto que se pondría a escribir.

El placer de escribir y por qué no hay que dejar de hacerlo

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