PRIMERA CARTA

No sé si fue la primera carta que escribí, no lo creo. Pero sí fue la primera que recuerdo con claridad. Era un papel carta rojo, pequeño, con dibujos de Mickey Mouse. Era para mi abuela que vivía en Catamarca. Por aquella época tenía más papeles cartas que el número de cartas que escribí en toda mi vida. Pero creo que fue una de las pocas modas de las que seguí, esa y la de coleccionar stickers, sobre todo los de felpa. Para cuando se puso de moda hacer tarjetas españolas yo ya estaba a un costado de la gran pasarela de consumismo. Y cuando llegaron los borcegos ya me había alejado por completo del desfile.

No es que de chiquita haya sido una Che Guevarita revolucionaria, no. Pero tampoco era lo que se dice una paquita de Xuxa. No me amoldaba demasiado a nada, siempre tenía un punto crítico, o llanamente un gusto raro. Sí, confieso que he caído ante las calzas pescadoras a lunares, ¿pero quién no? Yo me negaba rotundamente a las polleras y a los vestidos “bobos”, pero no creo que haya tenido demasiada autonomía a la hora del vestuario. No hasta los doce. Aunque recuerdo que por aquel entonces había ido a comprar zapatillas con mi papá y a mí me gustaban unas y él otras, así que no tuvo mejor idea que comprar los dos pares. Cómo si fuese a usar las que a él le gustaban, si yo ya tenía las que quería. Creo que ese fue el punto de inflexión, una derrota que se trató de silenciar con tarjeta de crédito, hasta que llegó el resumen y entendieron que no tenía sentido seguir eligiendo por mí.

Entonces, de ahí en más todo corre por mi cuenta. Ya no es posible seguir culpando a los padres, sólo en el sentido freudiano si es que optamos por hacer terapia. Claro que nadie te lo dice, es como un complot social a asumir que estas grande para tomar tus propias decisiones. Se trata de enmascarar el cambio, de que sea sutil, pero a veces es tan disimulado que puede que no nos demos cuenta del peso de nuestras propias decisiones. Pero lo son, montones, incontables ya, empezamos un día por nuestra ropa, qué comer, qué mirar en la tele, qué libros leer, qué libros dejar de leer (sí, apedréenme si quieren pero soy de las personas que creen que siempre es un buen momento para dejar un libro sino te gusta), a qué boliche ir, o en mi caso, a qué boliche no ir, qué carrera estudiar e infinitas más. Es que si te dicen abiertamente: de ahora en más todas las elecciones que tomes van a cambiar el curso de tu vida, y no existe como en “Elige tu propia aventura” la posibilidad de mentirnos a nosotros mismos y porque nos encontramos de repente a solas con el Yeti volver a la página de la opción y cambiar la página elegida; si te dicen de frente que todas las decisiones que tomes serán tu plena responsabilidad, habría mucho más stress infantil.

¿Y qué nos pasa cuando envejecemos? ¿Perdemos esa dosis de aventura? Porque si en el ciclo de la vida venimos tomando decisiones desde temprana edad, ¿cuándo es que nos infectamos con la duda? Porque cuando se trataba de elegir antes, no había dudas, era tal cual el libro: este camino o aquel. En ambos estaba la incertidumbre y era eso lo que nos llevaba a cambiar la página; lo que más intriga nos daba, a por ello íbamos. Pero un día nos tragamos ese bicho maldito del titubeo que nos va comiendo células y dejándonos paralizados, poco a poco, hasta que un día nos llega algo así como aquel resumen de tarjeta y nos damos cuenta que no nos hemos movido en lo absoluto, que hemos postergado muchas cosas por miedos y vacilaciones.

Y no hay histrionismo o demagogia en esto, yo navego en un mar de dudas hace rato. A veces remo como loca a los cuatro costados para zafarme y otras me quedo quieta a ver si se calman las aguas. Pero creo que lo mejor es mantenerse siempre en movimiento, seguir adelante aunque no veamos costa, porque quizás nunca la haya. Puede que encontremos mareas bajas o altas, y habrá que encontrar el equilibrio en nuestra pequeña balsa de papel. Pero nosotros somos quienes trazamos el destino, más allá del tiempo o contratiempos.

Años atrás un sabio me dijo “báncate tus inquietudes”. Y así aprendí a convivir con mi curiosidad y con el qué pasaría si. Trato que la curiosidad me guie tal como a los niños y me permita descubrir cosas nuevas. Pero, hace días leí una frase que está retumbando y tronando en mi cabeza, viene ya como un eco, un sonido de fondo, bramando, de otro lugar, que se acopla y hace cómplice de mis inquietudes. Disfruta del pánico que la vida te da.

Simple y soberbio. La vida es eso, el hermoso pánico de sentirse vivos. Porque al fin y al cabo ya lo dicen por ahí que si tus sueños no te asustan no son lo suficientemente grandes.

… Hagamos lo imposible.

Dsifruta el pánico que la vida te da

Dsifruta el pánico que la vida te da

 

6 thoughts on “PRIMERA CARTA

  1. Mary

    Muy bueno Yohe, siempre nos deleitas con tus relatos

     
  2. betty

    El relato está genial!!!! y la frase me encantó, es más,
    sería interesante que yo la llevara un poquito a práctica.
    No te parece?

     
    • La tintorera La tintorera

      Definitivamente Betuña!!! Todos debemos implementarla más en nuestras vidas!

       
  3. Mari Lm

    ¡me encantó la frase!
    A mí igualmente más que pánico a veces me da ca-ga-zo!!! -pardon my french- jejejej

     
  4. Patricia Mendez

    Yohe
    Si mi hijo te dice prima,para mi sos una sobrina del alma a la que quiero mucho!!!!
    Sabras por Caro que este año la vida me asustó y mucho, pero gracias a Dios estoy recuperando mi deseo de aventura, y como decis en tus palabras “disfrutar el panico que la vida te da”
    Te quiero mucho y amo leer tus relatos
    Pat

     
    • La tintorera La tintorera

      Gracias Tia Pato!!! Y arriba los corazones, que la vida es una gran aventura!! A disfrutar!!! Besote

       

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