El restaurante

Las vacaciones pasadas me cansé esperar la sincronización de agendas y me fui de viaje sola, como en los viejos tiempos. Elegí un pequeño pueblo en el norte de Italia llamado Lago Como. Había escuchado hablar mucho y muy bien acerca de esta pequeña ciudad al borde del lago así que me allá fui con mi cámara de fotos y un montón de expectativas.

 

Instantáneas en el lago

Viajar sola

Con ustedes: Lago Como

Sola por Italia

Cotidianeidad en el lago

Mujer viajera

Me encanta meterme en la rutina de la gente cuando viajo 🙂

Spaghetti a la carbonara, con una copa de vino tinto y profiteroles de chocolate. Ese era el menú escrito en la pizarra en una esquina cualquiera. Ya se había hecho de noche y me estaba haciendo ruido la panza así que seguí la flecha. El restaurant no era muy grande, modesto, como la mayoría de los restaurantes en la zona del casco antiguo de la ciudad. Pero había un lindo ambiente, iluminado solo por velitas en las mesas. Medio romanticón pero ya tenía un pie adentro y el menú elegido así que atravesé por completo la puerta.

El mozo era simpático-estándar para ser italiano y su charla se acoto al catálogo de asociaciones simples: argentina-messi-maradona-tango-asado. No se salió en ningún momento del guion fabricado y yo lo agradecí. A veces, siento una horrible presión de tener que ser cordial o simpática por el solo hecho de estar sola. Siento que las mujeres tenemos que andar justificando de una manera u otra el andar solas por la vida. Si estas con alguien más, podes casi no prestarle atención, no hace falta el contacto visual siquiera para ordenar pero, si estás sola tenés que mirar a la cara, desplegar una gran sonrisa y hacerle creer al mozo, o quien fuese tu interlocutor, que el estar sola es sumamente esporádico: hay una explicación racional para ello y no es, bajo ningún punto de vista, producto de un mal carácter.

Mientras comía, hacia anotaciones en mi cuadernito. Boludeces, me hacía la intelectual nomás. Es otra de las tácticas que uso también cuando no tengo ganas de que nadie me venga a hablar. Pedí otra copa de vino, para reforzar mi imagen cool y seguí escribiendo mientras le entraba al postre. De pronto, un calor inmenso inundó mi cuerpo, de la nada. Comencé a sudar y mis manos temblaban. Miraba para todos lados, estaba empezando a asustarme un poco. Pero nadie parecía notar nada raro en mí, o ni siquiera notarme. Creo que la gente que cena sola es muchas veces invisible. Será que piensan que porque no tenemos compañía, no somos seres dignos de contemplar. Como si tuviésemos en este mundo solos, a la espera del paso del tiempo; esperando consumirnos como vela que arde.

El calor se vuelve aún más intenso, como un sofocón. Siento que viene bien de adentro mío, no es la calefacción del lugar; acá es otoño y la gente está con manga larga y pulóver. No lo puedo creer. Acabo de caer: me pusieron algo en el vino. Estoy segura. Me sirvo desesperadamente agua, trato de hacer gargaras para lavarme la boca, y dejo toda el agua y cualquier exceso de narcótico en el vaso.

Mis brazos se sienten débiles, me cuesta sostener el vaso. Me empieza a dar frio, rápido, de golpe, como una manada de pingüinos cacheteándome la cara. Me tiemblan las piernas y no creo que pararme sea una buena idea ahora. La risa de la muchacha de al lado suena en mi cabeza como un trueno. Me duele todo, siento que me estoy perdiendo a mí misma. No me puedo controlar.

Trato de distraerme y de seguir comiendo los profiteroles. Empiezo a decirme que es pasajero, que si mantengo la calma va a pasar. Siento que se me caen los dientes, que solo me quedan encías peladas en la boca. Otra vez ese fuego interno, ese calor. Empiezo a darme cuenta que todos hablan de mí, pero nadie se atreve a mirarme, hacen vagas señales con el hombro o indican disimuladamente sosteniendo sus tenedores, como si fueses a comer algo del plato del otro. Se ríen de mí, piensan que no los escucho murmuran. Clavo el tenedor en el plato y lo desplazo, chirrido de metal insoportable pero nadie me dice nada. Deciden ignorarme. Les soy indiferente.

No es la primera vez que salgo a cenar sola cuando estoy de viaje en una ciudad extraña. Sé que hay ciertos límites con ser turista-mujer-y-cenar-sola. Reconozco que, a veces, he jugado un poco con esto y, hasta aprendí a disfrutarlo un poco. Sinceramente, siempre me sentí lo suficientemente astuta para evadir el peligro y poder caminar de un lugar a otro, probar cosas nuevas; entrar y salir de cada ciudad invicta, sin rasguño físico o moral alguno. Al parecer esta vez me pillaron. Ya es demasiado tarde, sin señal de aviso previa, estoy atrapada como mosca en telaraña.

No me puedo ni mover, me siento paralizada. No sólo las piernas no me responden, los brazos también me pesan, no los puedo sostener. Los apoyo sobre la mesa y siento que la cabeza se me va también. Si me muevo de la silla creo que caería rodando al piso. Estoy muy débil. Por primera vez en mi vida, veo el final, mi final. Drástico, agudo, sin aviso, sin salida. Me siento pesada, cual barco de carga, con la diferencia de que yo me estoy hundiendo. Siempre había oído hablar de él, dicen que es mucho más factible que te pase si estas solo. Pero jamás pensé que me podía tocar a mí, no a mí. Yo sé muy bien lo que hago.

Ya no puedo ni respirar, me esfuerzo para levantar la mano y trato de hacer señas al aire. No sé si alguien de los que está en la barra me ve. Al parecer, la señora detrás de la caja registradora intuyó algo y habla con su compañero. Finalmente, el hombre viene rápido hacia mi mesa.

– Acá está la cuenta señorita.

–  Gracias ¿Me podrá pedir un taxi por favor? Me dio un coma de comida que no me puedo ni mover.

comer sola

Así quedé después de esa cena

N.de la R.: Mis querides valientes que piensan en viajar soles no se acorbanden por favor. Es una experiencia heeeermosaaaaa y siempre hay muchas más cosas positivas que negativas. Y si tienen dudas, leanse el post para mujeres viajeras de Aniko Villalba que les cuenta toda su experiencia de pe a pa… Y a armar mochilas nomás 😉

 

 

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