VIVA EL CINE

Don Julio confesó que siempre le fue difícil distinguir lo que su inteligencia racional ve de la realidad y lo que su propia fantasía le pone por encima o por debajo y que la transforma. No puede hacer una distinción demasiado clara entre fantasía y realidad. Y a mí me pasa lo mismo con los sueños, me cuesta saber que es sueño, que es continuación de la realidad en sueños, que es sueño convertido en realidad y cuáles son las realidades que se hicieron soñadas. Se me mezclan tanto de día como de noche. También me ha pasado de mezclar mentir con imaginar, perdiendo el límite entre lo creativo y el falso testimonio. Me pasa mucho con leer y escribir, a veces no sé si lo que escribo lo leí ya o si todo lo que leo estará inevitablemente en mis escritos, en mis citas, en mi temas, en mis silencios, en mi respeto.

Pero también me pasa con el cine y viajar; miro películas y siento que viajo, que estoy en Paris, en Italia, en alguna calle de La Habana, en el medio de la India, perdida entre grafitis por Berlín, o bien al sur del globo donde pocos se atreven; viajo y siento que estoy en una película, porque no sé el final, porque soy la protagonista, porque mis sentidos están abiertos a cosas nuevas, porque hay tensión, drama y comedia, porque hay escenas que parecen guionadas. Y estoy quieta y siento que salí a otra aventura, porque todo es nuevo, porque es un desafío, porque siento que avanzo, porque siento que no estoy sola, porque elijo mi camino.

Estoy sentada en esa butaca de cuero, con apoyabrazos de madera, tengo entre 4 y 6 años, bolsita de Topolin en mano y los pies que no me llegan al piso. Miro la película con atención pero más quiero que se termine e ir a jugar detrás de la pantalla, o subir a la sala de proyecciones, o atender el quiosco, o poder llevarme el poster a casa. Estoy dentro del cine, estoy dentro de la película, tengo hasta una abuelastra malvada que me persigue y de ella me escondo. Y vivo un sueño sin saberlo, porque algunos niños se enorgullecen de sus padres porque son pilotos y quieren ser como ellos, y yo tengo un abuelo que tiene un cine y es mucho mejor que si fuese el dueño de una juguetería, un cine es un parque de diversiones. Y lo mejor de todo, es que los cines, que están hechos de películas, duran para siempre. Porque las películas, que no son otra cosa más que viajes, son inmortales. Siguen vivos dentro nuestro, como lo que leemos, como lo que soñamos, lo que imaginamos, lo que escribimos, lo que vimos, lo que escuchamos, no vemos la pantalla pero todo se proyecta por encima nuestro. No somos ya espectadores sino espectados, se espera de nosotros algo más que una actitud pasiva. Se ve el drama, la comedia, el llanto y en conflicto, pero sobre todo se espera siempre que se siga rodando.

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Ya no me sé ni quieta, ni en aventura, ni niña, ni adulta, ni en sueño, ni en viaje, ni real, ni imaginable, ni cinematográfica ni falsa. Se me fueron los bordes, perdí el contorno y todo se volvió de difuso a caótico y armónico a la vez; lo que parecían cosas sueltas se alinearon. Y entonces sueño y escribo, leo y viajo, hago realidad la fantasía, soy protagonista y espectadora. Hay romance, ilusión y algo de hechos reales y todo converge siempre en una imagen, fotosegundos para coleccionar.

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Ojalá pudieses leer esto, saber lo mucho que te extrañé y me regales una de tus tantas sonrisas picaras, que ya nunca sabremos qué escondían. Me quedan muchos fotogramas con vos que se seguirán proyectando en mi cabeza cada vez que alguien diga la palabra cine.

cinema

 

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