VOLVER A EMPEZAR

Se dice que hay muchas cosas de las que “no hay vuelta atrás”, que suceden por única vez. Que hay etapas que no se pueden volver a empezar, que si no estamos en ellas se queman, y todos sabemos que no es recomendable andar quemando etapas. Es mentira. Sólo es una pantalla para esa bola de nieve de marketing llamada “una sola vez en la vida”. Bola que compramos cuando entramos en la adolescencia y que quiere llevarse todo a su paso. Porque no recuerdo a mis 7 años y ½ haber estado diciéndole a mi mamá “¿me puedo quedar a dormir en lo de la tía?” y ante su seco “no” retrucar con: “Por favor, este momento no se repetirá jamás, pasa una sola vez en la vida”. O “dejame repetir el helado mamá que este momento es único, nunca sevolverá a dar”, o bien, “tengo sólo una niñez para ser obesa y responsabilizar en ella todos mis tambaleos en mi adultez”. Siempre es posible volver a empezar.

Mi nombre es Yohe, ¿querés ser mi amiga? Ese claro pensamiento vino a mi cabeza, con una fuerza increíble, como si hubiese sido una hábito instalado en mí. Sinceramente no recuerdo que este sea mi modus operandis para hacer amistades en mi niñez. Si tengo claro el de una compañera del jardín, malo, o para flacas:

– Si me regalas tu alfajor soy tu amiga.

– ¿Mi Jorguito de chocolate?, ni loca.

“¿Querés ser mi amiga?” Claro, directo, simple. Tanto que debería de haber más niños trabajando en publicidad. Pero, sobre todo, natural. Y así fue como lo sentí. Como una niña con todas las expectativas de su primer día de clases. Contenta, rozagante, perfumada, con medias nuevas y blancas y zapatitos bien lustrados. Volví a mi niñez, a mi primer día de clases. Pero no tenía mis trenzas, ni mi delantal blanco con tablitas, ni mis mega cachetes. Más bien era un perro con orejas largas y suaves, mi pelaje brillaba, y mi mandíbula babeaba cada vez que mi cabeza giraba de un lado al otro. Era un cachorro haciendo el mejor papel posible en busca que me adopten, de tener un amigo para jugar. Sentada alrededor de la mesa, repartiendo sonrisas para todos lados, moviendo mi rabo con jovial elegancia y demostrando mis modales sin meter el hocico donde no me llaman, pero indicando más predisposición que perro de bombero.

Volví a ser niña. Volví a vivir ese combo “mi primer día de clases” y se sintió esperanzador. Sentir lo que te dijeron que no ibas a sentir nunca más, porque a la niñez no podemos volver – bueno, hay un truco harto conocido llamado ir a Disney y definitivamente se sentirán niños otra vez, pero no es más que un artilugio capitalista – porque no hay vuelta atrás. Pero volví, fue natural y no la magia de Disney. Lástima que alrededor de esa mesa, en esa clase de ingles, la única niña era yo. Nadie actuaba como yo, todos aburrían con sus aires de “autosuficiente adultez”, “emocionalmente desinteresado en nuevos amigos”, “cupos llenos”, “no tomamos nuevas solicitudes”, “mi vida está perfecta sin ti”.

Igual espero. Su necesidad de mostrar su adultez me hizo sacar a batallar el regreso de mi niñez. Esta semana me compraré una linda cartuchera, algunas lapiceras de colores, la regla más cool que pueda encontrar e iré a mi clase, quizás hasta con las dos trenzas, esperando que algún día llegue otra niña como yo y seamos amigas. O que alguien envidie mi regla me pregunte dónde la compre y le diga: sorry, this cool rules aren´t made for adults.

Volver a empezar hecha una niña-perro

 

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